Sobre la espera y la expectativa

30 Nov 2018

"¿Y qué puedes hacer?" - "Puedo pensar. Puedo esperar. Puedo ayunar ". Esta fue la respuesta del Brahmin Siddhartha en el libro del mismo nombre de Hermann Hesse, cuando la hermosa cortesana Kamala le preguntó sobre sus habilidades profesionales, ya que éste estaba buscando trabajo para ganársela. Para Kamala sin embargo, la posesión de ropa bonita y dinero era mucho más importante. Cualquiera que haya leído esta novela de Hesse de 1922 podrá quizás reconocer la analogía con nuestro tiempo, y el hecho de que se trata de un alto nivel de desarrollo personal el que Siddhartha había alcanzado. Pensar y entrenar la propia mente es tan esencial para la persona madura como la capacidad de prescindir de ésta. Este artículo trata de la espera y la expectativa, y del significado que, para una vida más satisfactoria, ambas tienen.

 

La Espera

 

Cada ser humano pasa, aproximadamente, un total de uno o dos años de su vida esperando a alguien o algo. Por lo tanto, la espera es una parte considerable pero también inevitable de nuestras vidas y que se aprovecha, por lo general, más o menos bien al estar en una cola, en una sala de espera, en un atasco de tráfico o antes de una reunión. La espera es en sí un fenómeno condicionado por la cultura, que las personas de las llamadas sociedades modernas, con su pensamiento lineal del tiempo, no logran dominar tan bien como las de las culturas tradicionales, quienes, con su visión más bien cíclica del mundo, logran sus tareas paralelamente. Cuanto más próspera es la economía de un país, más afectadas por la prisa y más impacientes son las personas que en ésta viven.

Las personas que no saben esperar se sienten frenadas e impotentemente atrapadas en ciertas situaciones. Con la era digital, esperar se vuelve cada vez más un sinónimo de distracción automatizada con los “smartphone” o teléfonos inteligentes. En el espíritu de una sociedad orientada al consumo y la eficiencia, no se desea perder el tiempo no utilizado. La verdad es que, y psicólogos y sociólogos están de acuerdo con ello, el llamado hombre moderno carece de pausas contemplativas y tiempos libres. Momentos en los que uno desconecta digital e interiormente, en los que uno se aquieta, en los que se deja a la mirada vagar, o en los que simplemente reflexionamos. 

 

El arte de la espera consiste en relativizar la prioridad de los objetivos a los que aspiramos y en poder contemplarlos dando prioridad a las cosas importantes de la vida. Así, se logra entonces también el aceptar la vida tal como es, con su imprevisibilidad. Así, saber si un retraso imprevisto es una desventaja o incluso una ventaja, será solo posible al mirar las cosas en retrospectiva. Los tiempos de espera pueden utilizarse idealmente para regenerarse mental y físicamente. Al respirar profundamente durante un tiempo prolongado se inunda el cuerpo con oxígeno, se relaja y, al mismo tiempo, se obtiene nueva energía. Se trata de simplemente de percibir y de estar presente. O de reflexionar sobre el día: ¿Qué reuniones tuve? ¿Qué fue especialmente bueno? ¿Qué no fue tan bueno? Y, ¿Qué puedo cambiar? Y, por supuesto, estos son los momentos ideales para escribir, llevar un diario o un cuaderno de bocetos, desarrollar ideas, aprender un idioma, escuchar un podcast o leer un buen libro.

 

 

 


La recompensa: las personas que pueden esperar y tener paciencia son más felices y también más exitosas. Pueden lidiar mejor con las decepciones y las derrotas, porque se toman el tiempo de cultivar estrategias de desarrollo personal. Éstas optan, por lo general, más bien por períodos de formación más largos para realizarse profesionalmente. 

La espera en estado de relajación promueve el potencial creativo y hace a las personas más alegres... Pues, como sabemos, la alegría más bella es la alegría anticipada.

 

La Expectativa

 

Mientras que el esperar pacientemente es una virtud, las expectativas son, en el sentido de suposiciones fijas o exigencias, una actitud bastante problemática. Por supuesto, las expectativas están justificadas cuando se trata de realizar una compra, de hacer negocios o de concluir contratos de confianza. De hecho, dichas regulaciones se pactan para permitirnos tener la expectativa de algo, aun cuando no podamos estar seguros de que esto será cumplido. Incluso la promesa de matrimonio, como lo muestran las tasas globales de divorcio (España 61%, Alemania 49%), implica una serie de expectativas que no se cumplen.

Los conflictos en la relación de pareja y las separaciones son, por lo general, consecuencia de expectativas no satisfechas y de decepciones. ¿Porque esto es así? Nuestra idea del amor está marcada no solo por el ejemplo de nuestros padres y por el entorno, sino también por imágenes y patrones de comportamiento que aprendemos de manera colectiva y que dependen de la cultura, por ejemplo, a través de películas y novelas. Las personas que viven en una sociedad de consumo están acostumbradas a satisfacer todas las necesidades de inmediato y, como consecuencia, van creando una serie de reclamos estereotipados adicionales y nuevos catálogos de expectativas.

 

 

 


¿A quién le gusta cumplir voluntariamente una torre de expectativas para que el otro esté satisfecho y finalmente se sienta aceptado? ¿Quién estaría de acuerdo con una relación en la que uno tiene que cambiar cosas, o cambiarse a sí mismo, para ser amado por completo? No son pocas las personas que viven en una especie de jaula emocional en este tipo de relaciones, solo para no estar solos. Estas personas suelen instalarse en la condición de víctima y soportan sentirse “nunca suficientes” a causa de una falta de autoestima. Si alguien no se valora a sí mismo, ¿cómo puede esperar que lo haga la pareja? Este es un buen ejemplo de cómo funciona la proyección en las expectativas. Quién no se siente feliz y en paz consigo mismo, muy probablemente esperará que su pareja le haga sentir felicidad y satisfacción. Pero esta no es la misión de la pareja, incluso aunque ésta lo quisiera, no podría sostenerlo en el tiempo.

 

Las personas con grandes expectativas quieren con frecuencia controlarlo todo y difícilmente pueden manejar los cambios inesperados que la vida implica. Proyectan sus ideas de comportamiento y de cómo deberían suceder las cosas, de manera abierta, manipuladora o inconsciente sobre sus semejantes. Tales expectativas no solo limitan el propio ángulo de visión, sino que también generan siempre una presión y restringen la libertad de ambos miembros de una relación. 
Después de todo, quien exige y permanece apegado a ello, está tan atrapado en sus propias expectativas y tan carente de libertad como la persona a la que le son exigidas ciertas acciones o cambios, desde una voluntad ajena.

 

Las relaciones serán en todo caso tan maduras, como los seres humanos en la relación lo sean en su personalidad. Aquí entran entonces en juego las otras dos habilidades del Siddharta de Hesse: pensar y ayunar. Pensar ayuda en los conflictos de relación a empatizar con el otro, a encontrar las palabras adecuadas, a no a condenar, sino más bien a reflexionar verdaderamente y, en el mejor de los casos, a aprender del conflicto. El ayuno, no solo referido y limitado a la comida, sino más como una facultad interior a nuestra disposición, que nos hace más libres e independientes de todo y, por lo tanto, también libres de expectativas.

 

Feliz no es entonces quién tiene mucho, sino quién necesita poco. Y aquel que haya aprendido a valerse por sí mismo, a valorarse a sí mismo y a vivir desde su potencial, difícilmente impondrá exigencias a otros para lograr su satisfacción personal. La persona capaz de renunciar o soltar, tiene “ambas manos libres” y permite así que la vida, de una mágica e inesperada manera, le traiga lo que realmente necesita y es bueno para sí. Entonces se abren, muchas de las veces, nuevas e inesperadas puertas, las cosas fluyen y nos encontramos con las personas adecuadas en el momento adecuado.

 

Cuando Siddhartha regresó al río, ya no buscó. Estaba completamente abierto ante la vida y solamente percibiendo. "Cuando alguien busca (…) únicamente piensa en lo que busca, tiene un fin y está obsesionado con esa meta. Buscar significa tener un objetivo. Encontrar, sin embargo, significa estar libre, abierto, no necesitar ningún fin. Tú, venerable, quizás eres realmente uno que busca, pero persiguiendo tu objetivo, no ves las muchas cosas que están a la vista."

 


 

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