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Crisis climática... ¿Camino al colapso?

A estas alturas a todos nos suena la expresión “cambio climático”. Somos la mayoría seguro testigos de ciertos cambios y anomalías en el clima de las últimas décadas, e incluso aunque no lo hayamos sufrido en carne propia, conocemos lo que viene sucediendo en otras partes del mundo: temperaturas extremas, sequías, inundaciones, huracanes devastadores, pérdida de biodiversidad, incendios nunca vistos, deshielo de los polos… Dejando de lado temas paralelos tan importantes como la contaminación, la cosa tiene todos los visos de ir en serio: quizá no a todo el mundo le suene que desde abril de 2019 se viene hablando no ya de cambio, sino de “crisis climática”.


En el fondo, probablemente la mayoría sabemos o sentimos lo que hay, aunque prefiramos ignorarlo, absortos en nuestros problemas cotidianos. Esta actitud generalizada es comprensible, la palabra “apatía” viene del griego apátheia (“no sentir”). Y es que afrontar lo que parece que tenemos en frente deprime, genera ira, o simplemente asusta, asusta mucho. Por no hablar de que en este sistema cada vez más desigual, para una gran cantidad de población la urgencia es subsistir, y por tanto preocuparse por el clima es un lujo más bien ajeno. No es extraño que se vengan eludiendo de modo general las voces ecologistas que ya desde los años 60 venían dando la alarma.



Hay que decir que los lobbies del petróleo y demás grandes corporaciones “compra-gobiernos” han invertido mucho en hacer creer que el cambio climático es un cuento o una estafa. Esto es, por otro lado, algo muy dulce de escuchar, porque ¿quiénes iban a estar dispuestos a bajarse del fastuoso tren del “bienestar” hiperconsumista patrocinado por una economía de crecimiento perpetuo? Muy pocos.


Incluso ahora que se acaba la vía y el tren va enfilado hacia el barranco, seguimos sin poner el freno que requiere la situación, mientras la orquesta de distracción masiva sigue amenizando este baile de ciegos, al son de los brindis de complacencia por nuestros logros tecnológicos. Es duro asumir nuestra necedad, pero las consecuencias de negarla lo van a ser más.


El IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático) es un organismo creado por la ONU en 1988 con la misión de analizar los miles de informes científicos sobre el cambio climático y presentar conclusiones objetivas y científicas al mundo sobre su realidad, sus impactos y riesgos, y las opciones de respuesta posibles. Según los datos presentados en sus alarmantes últimos informes, la temperatura media global ha subido 1 ºC por causas debidas al hombre desde el inicio de la era industrial hasta 2017, con previsiones de seguir subiendo 0,2 ºC por década.


Tuvimos el famoso y fallido protocolo de Kyoto, y luego el Acuerdo de Paris de 2015, en el que los estados se comprometieron de nuevo a tomar las medidas necesarias para limitar las emisiones de CO2, con el fin de intentar contener el aumento de temperatura a 1,5 ºC y, en todo caso, no rebasar los 2 ºC. Al mismo tiempo se encargó al IPCC un informe sobre las consecuencias de pasar de 1,5 a 2 ºC, informe que fue publicado en octubre del 2018, y que básicamente explica que esas consecuencias serían con toda probabilidad bastante catastróficas.


Con 2 ºC más, y sólo a nivel humano, aumentaría a niveles más que serios la probabilidad de temperaturas extremas, inundaciones de áreas costeras, las sequías o la pérdida de cosechas, con las consiguientes posibles hambrunas, movimientos masivos de refugiados climáticos, guerras...


En dicho informe (1), el IPCC expresa que los compromisos del Acuerdo de Paris (que tampoco se vienen cumpliendo; los EEUU incluso se salieron del mismo en 2017) no bastan, e incide en la necesidad de actuar con urgencia tomando medidas sin precedentes a escala global ya desde este momento. Su informe deja claro que, de no ser así, sobrepasaríamos críticos muy difíciles de revertir, y con seguridad tendríamos mucho más de 2 ºC para 2050, con consecuencias inimaginables. Hay que añadir también que muchos científicos que vienen estudiando la evolución del clima consideran al IPCC un organismo más bien “conservador” en materia de previsiones, pues no tiene en cuenta por ejemplo que el progreso del calentamiento no es lineal, ya que puede aumentar de forma repentina debido a efectos de retroalimentación en bucle: por ejemplo, el hielo polar refleja la luz del Sol, y cuanto más se funde, menos se refleja y más calor absorben las aguas; los bosques capturan CO2, y cuanta más superficie forestal se quema, no solo se libera mucho CO2, sino que también se pierde captación.


Además, en un año, la alarma no ha hecho sino crecer: el permafrost, la tierra congelada del ártico, se está derritiendo mucho antes de lo previsto, liberando mucho metano (mal asunto), y los últimos informes sobre pérdida de biodiversidad no son nada alentadores.


De todo esto básicamente se desprende el siguiente panorama: o cambiamos completamente nuestro modo de vida en los próximos 10-20 años (“no existe ningún precedente histórico para la escala de las transiciones necesarias” —IPCC), lo que implicaría una transformación completa del sistema y de sus estructuras, implicando a gobiernos, corporaciones y población, o esta civilización va de cabeza en pocas décadas al colapso, término que cada vez está siendo más popular.


Las huelgas estudiantiles por el clima, con Greta Thunberg a la cabeza, o la plataforma Extinction Rebellion, son quizá, entre muchas, las presencias más visibles hoy en día en cuanto a señalar la emergencia que tenemos delante. Sus voces tan sólo están diciendo a un volumen más alto lo que señala el IPCC y casi nadie quiere afrontar, instando a los gobiernos a decir la verdad, a declarar el estado de emergencia climática, y a actuar ya mismo de manera acorde a la situación. Sus acciones están teniendo resultado, se están tomando algunas (no las suficientes) medidas esperanzadoras, y desde abril más de 600 jurisdicciones en todo el mundo han declarado ya el estado de emergencia climática. Este septiembre de 2019 tuvo lugar una semana de huelga mundial por el clima que implicó a millones de personas en los 5 continentes.


Estamos despertando, pero ¿lo haremos a tiempo? ¿Tomarán nuestros gobiernos medidas lo suficientemente ambiciosas? ¿Podrán desmarcarse de la psicopatía corporativa? Todavía tenemos oportunidad (¿por cuánto más?) de ponernos de acuerdo para hacer realmente una transición de una economía de crecimiento industrial ecocida a una sociedad comprometida con la sustentación y la recuperación de nuestro mundo a muchos niveles.


Dicho esto, hay que mencionar que algunos expertos en el tema ya dan la catástrofe por inevitable, y consideran muy realista ir tomando medidas para una transición post colapso con una agenda de adaptación profunda a lo que puede venir. Quizá es lo mejor que nos puede pasar, a menudo funcionamos así: sólo cambiamos cuando llega el golpe o la cosa es grave. ¿Tendrán razón? ¿Sólo despertaremos del todo como colectivo cuando los efectos de la crisis climática vayan ya muy en serio y sean imposibles de parar?


Quizá entonces entendamos globalmente que la crisis climática tiene raíces más profundas. Estas se nutren de la consciencia, los valores y el modo de vida de nuestra civilización moderna, una civilización construida en gran parte sobre el relato y la creencia de que estamos separados de la naturaleza, y que ésta y los demás seres que la habitan sólo son “recursos” al servicio de nuestra megalomanía como especie. Quizá entonces comprendamos lo que ya decían antiguas tradiciones de sabiduría: que estamos entretejidos con la vida que anima este planeta y este universo, que formamos parte de la naturaleza y que, si algo somos, es sus cuidadores y preservadores, y para nada sus dueños.


El tema da para mucho. Vamos a concluir con algo evidente: de momento, y de manera individual, podríamos seguir negando el asunto, podríamos caer en la desesperación y la parálisis, o bien podemos ponernos manos a la obra, superando el miedo y cultivando una esperanza activa. Nos puede ayudar mucho compartir, unirnos o formar comunidades y redes conscientes de lo que sucede.


Nos daremos cuenta de que sentir la alarma es sólo un síntoma de que estamos saliendo del sopor, de que estamos despertando a algo muy grande: a nuestra conexión con la tierra y a la compasión por los demás seres.

Podremos así encontrar una motivación nunca antes sentida para ayudar a salvaguardar lo que queda y a favorecer esta transición tan necesaria a muchos niveles: energético, social, económico, político, espiritual… Los frentes son múltiples y todos tenemos seguro algo que aportar en alguno de ellos, desde nuestras capacidades. El futuro de las próximas generaciones y el de muchas formas de vida con las que compartimos este planeta podría estar en nuestras manos. Este futuro, no cabe duda, más que nunca es ahora.


Autor: Luis Álvarez


Informe IPCC 2018:

https://www.ipcc.ch/sr15/download/ (buscar “spanish”).

Lecturas recomendadas:

Joanna Macy. “Esperanza activa. Como afrontar el

desastre mundial sin volvernos locos”. Ed. La Llave (2018)


Satish Kumar. “Tierra, Alma, Sociedad”. Ed. Kairos (2014)


Paul Kingsnorth. “Confesiones de un ecologista

en rehabilitación”. Errata naturae (2019)

Documentales:

Before the flood (2016)

Esto lo cambia todo (2015)

Mañana (2015)


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